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EL COMERCIO

Para suplir las deficiencias de algunas materias primas, productos elaborados y alimentos, los mayas recurrieron a los trueques o intercambios dentro y fuera de sus comunidades, y así la presencia de la obsidiana, del cinabrio, de caracoles marinos, de piedra volcánica, etc., por lo general indican intercambios entre distintas regiones, ya que cada una tiene sus propias peculiaridades naturales.

Con el tiempo los trueques se hicieron más intensivos y extensivos, especialmente por la importación de bienes suntuarios, cuyo valor descansaba en la rareza o inexistencia de ellos en un lugar, y como ésto va aparejado al crecimiento de las élites y a la demanda de símbolos de rango, a fines del Clásico hay ya un complejo sistema o red de intercambios que cubre un gran territorio.

La expansión de los intercambios de cerámica polícroma, plumas de quetzal, cacao, hule, alabastro, jade, etc., condujo a un complejo comercio organizado con grupos de mercaderes que podían ir acompañados de una escolta militar, a la fijación de rutas terrestres y marítimas, a mercados y a artículos que podían tener ya el valor de moneda; de modo que antes de la conquista española, el comercio maya estaba bien desarrollado, constituyendo un poderoso factor económico de los gobernantes y ciudades.

De la zona del Peten venía un organizado tráfico a larga distancia que llegaba a los lugares productores, y se mantenían relaciones con las tierras altas de Guatemala porque allí había jade, lava volcánica, hematita especular, cinabrio, obsidiana, diorita y otras rocas ígneas; así como plumas de quetzal, alfarería de lujo y productos vegetales.

En las selvas tropicales se producían artefactos de pedernal, piedra caliza, polvo de cal, cerámica, pieles y mandíbulas de jaguar, plumas de diversas aves, iguanas, cera y miel, algodón, tabaco, chile, cacao, vainilla, copal, hule, papel de corteza, maderas finas y duras, yelmos con cabezas de animales, y en las costas, conchas y caracoles marinos del Atlántico y del Pacífico, dientes de tiburón, espinas de mantarraya y caparazones de tortuga. La provincia de Acalan, en el Estado de Campeche, era un puerto de intercambio entre el Petén, Xicalango y Yucatán, contando con su propia red de tráfico, comercio y distribución.

Al respecto, dice Cortés: "Esta provincia de Acalan es muy gran cosa, porque hay en ella muchos pueblos y de mucha gente... y es muy abundosa de mantenimientos y de mucha miel. Hay en ella muchos mercaderes y gentes que tratan en muchas partes, y son ricos de esclavos y de las cosas que se tratan en la tierra. Está toda cercada de esteros, y todos ellos salen a la bahía o puerto que llaman de Términos, por donde en canoas tienen gran contratación en Xicalango y Tabasco".

Yucatán comerciaba con plumas de ánades, cera, miel, pedernal, copal, sal, telas de algodón, maíz, pescado seco y ahumado, a la vez que recibía obsidiana, cacao, plumas de quetzal, vasos de alabastro, ámbar, pelo de conejo, turquesa, cristal de roca, oro, plata, tumbaga, liquidámbar, jadeita y otros más. Tabasco enviaba cacao, caparazones de tortuga, azófar, esclavos; Chiapas intercambiaba pieles, ámbar, añil, almagre, turquesa, etc., y Honduras enviaba vasos de alabastro, metales y cacao.

Muchas rutas terrestres unían a las zonas ecológicas entre sí, también a las ciudades con mercados importantes, y se conectaban con las grandes rutas del comercio foráneo a larga distancia para formar así la gran red del intercambio organizado, tanto en forma
terrestre como marítima. Por caminos o senderos conocidos y a veces por calzadas de
piedra y sahcab (llamados saches) se iban recorriendo los puntos importantes de esa red, como por ejemplo, de Acalan a Honduras, o de los Cehaches a Yucatán; a la vez que transitando en canoas por la costa del mar y caudalosos ríos podían seguir rutas de Campeche a Tabasco, de Acalan a Xicalango, de Campeche a Yucatán y Cozumel, de Yucatán a Honduras, etcétera.

Los mercaderes (ah ppolom-yoc) usaban una bolsa para guardar las monedas y portaban un bastón y un abanico como insignias de rango. Al decir de Colón, cuando iban de viaje llevaban como provisiones "pan de maíz e algunas raíces comestibles que debían (ser) las que en esta Española llamamos ajeo (ajíes) y batatas en la Nueva España camotes. Su vino era del mismo maíz que parecía cerveza". Los mercaderes de tierra, para llevar fardos pesados, usaban el mecapal o bolsas de red. Iban generalmente en caravanas, a veces acompañados de una escolta de guerreros,
sobre todo cuando transportaban productos muy valiosos o tenían que pasar por territorios poco seguros. Se dice que en algunos caminos había albergues para avituallarse y descansar.

Como dice Rivera Dorado, el comercio llegó a ser un monopolio de las castas gobernantes y ello llevó a los intercambios a larga distancia, a las escoltas armadas y a las alianzas establecidas a través de vínculos matrimoniales y de parentesco que facilitaba el paso de los mercaderes por el territorio de las diferentes unidades políticas. Los comerciantes eran por lo general los señores de las provincias, como vemos con el gobernante Apaspolon de Acalan, los Cocomes de Mayapá, los Canules de Caikiní, etc., lo que les permitía ser ricos y dominantes.

El padre Ximénez nos da una idea de cómo eran los mercados; dice que en la Verapaz "tenían los señores gran cuidado en que hubiesen grandes y muy solemnes y muy ricas ferias y mercados porque como concurren a ella muchas cosas, los que carecen de algo, allí lo hallan y truecan con los que carecen de otras cosas necesarias... El vender y el trocar es el más natural trato; daban maíz por frijoles y frijoles por cacao, traían sal por especies, que era el ají o chile... también se trocaban carne y caza por otras cosas de comer; conmutaban mantas de algodón por oro y algunas hachuelas de cobre y oro por esmeraldas y turquesas y pluma; presidía en este mercado un juez, el cual miraba que a nadie se hiciese agravio y tasaba los precios y conocía de cualquier cosa que acaeciese en el mercado".

En los trueques, ya el cronista nos habla de cacao, mantas y hachuelas de cobre, es decir, de ciertos artículos o productos que hacían de moneda.

Por último, podríamos agregar que el oficio de mercader era entre los mayas privilegio de la nobleza; que el abanico era símbolo del comerciante y gobernante; que por lo regular se pintaban de negro porque este color se relaciona con Ek Chuah, dios de los mercaderes; que había cargadores y guías para los viajes; y que se hacían planos de las rutas, como el que llevó Cortés a la provincia de Acalan y a las Hibueras (Honduras).

Fragmento tomado del libro Arenas del Tiempo Recuperadas editado por el Gobierno del Estado de Campeche. Textos de Román Piña Chan, Chan Kin Nohol y Alberto Davidoff.