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LA MUERTE ENTRE LOS ANTIGUOS MAYAS
Un poco antes de a conquista española los mayas concebían su
universo como una serie de planos superpuestos, con trece cielos superiores
donde gobernaban dioses llamados Oxlahun ti´ Ku´, y nueve planos
inferiores en donde reinaban los nueve señores de la noche y oscuridad, los
Bolon ti´ Ku´. El mundo se orientaba a los puntos cardenales o rumbos del
universo y había una región central en donde levantaban una gran ceiba o
yaxché, el árbol sagrado, cuyas raíces penetraban al inframundo y sus
ramas subían a los cielos, proyectando una sombra en la que descansarían sus
muertos.
Fray Diego de Landa en su "Relación de las cosas de Yucatán" describe la manera en que los mayas veían la muerte:
"esta gente ha creído siempre en la inmortalidad del alma más que otras muchas naciones, porque creían que después de la muerte había otra vida más excelente de la cual gozaba el alma al apartarse del cuerpo".
Para los mayas morir era trascender. La muerte implicaba el
inicio del camino al Metnal o inframundo, por lo que en los enterramientos
colocaban ofrendas para acompañar a sus difuntos en su viaje. Estas ofrendas
variaban de acuerdo a la edad, el sexo y el rango que había ocupado en vida cada
individuo.
Landa relata:
"[a sus] Muertos, los amortajaban, llenándoles la boca de maíz molido, que en su comida y bebida llamaban 'Koyem', y con ellos algunas piedras a las que tienen por moneda, para que en la otra vida tuviesen qué comer. Enterrábanlos dentro de sus casas o a la espalda de ellas, echándoles en su sepultura algunos de sus ídolos y si el fallecido era sacerdote, algunos de sus libros; y si era hechicero, sus piedras de hechizo y pertrechos. Comúnmente desalojaban las casas, al menos que habitara en ella mucha gente con cuya compañía perdían algo del miedo que les quedaba de la muerte".
En los sitios de las costas de Campeche, los mayas colocaban a sus niños difuntos en posición flexionada dentro de grandes tinajas tapadas con un plato, y las acompañaban con pequeños collares de cuentas verdes, silbatos y figurillas de barro colocados en los brazos o piernas. A los jóvenes y adultos los envolvían en telas y los ataban con cordeles para formar así el "bulto de muerto". La ofrenda para éstos podía consistir, según su sexo y oficio, de metales y manos, agujas y punzones de hueso, malacates, vasijas, puntas de proyectil, herramientas de piedra y de caracol marino, ornamentos y, sobre todo, una o más figurillas de barro, que son las que le han dado a Jaina su fama.
Los mayas del sur de Campeche sepultaban a su gobernantes acompañados por una rica ofrenda y objetos de los ritos funerarios necesaria para el tránsito hacia el Metnal o inframundo. Su cuerpo en ocasiones se cubría parcialmente con cinabrio y lo envolvían en un sudario de textil o tela impregnada con algún tipo de resina para permitir su conservación parcial, además de colocar encima o debajo del fardo mortuorio una piel de jaguar.
La ofrenda incluía en ocasiones numerosas cuentas de jadeita hecha a manera de retrato del difundo y un par de orejeras hechas del mismo material; además les colocaban una cuenta de jade en la boca, por si las bestias que los acechaban en su camino por el inframundo se comían su corazón de carne, tendrían un corazón de jade con el que podrían reverdecer a la otra vida.
Otras piezas importantes, de la ofrenda mortuoria eran los vasos y platos pintados estilo códice, dando cuenta, por medio de glifos y figuras, de la vida del individuo enterrado, además de varias figuras, incensarios y vasijas de cerámica que eran depositadas a la cabeza y pies del difunto, envolviendo algunas de éstas en una tela para proteger su contenido, que en ocasiones eran alimentos que depositaban para acompañar al difunto en su viaje al inframundo.








